Mi amigo Santiago había planeado un paseo para mostrarme una playa a la que era muy difícil de llegar, por ende no accedía gente para disfrutarla, solo se podía llegar por mar. Yo estaba muy contenta con ese plan.
Llegamos a un morro no muy alto y comenzamos ascenderlo. A cada momento subíamos, me invadían tantas emociones, mientras escalábamos, me imaginé tantas veces el lugar.
El camino a medida que avanzábamos se ponía mas rocoso, hasta resbaladizo. Santiago, en todo momento muy preocupado de mí y me decía - Nena por favor, ve más lento y con más cuidado, no quiero que pase nada, (obvio que no le hice caso, porque tengo experiencia en este tipo de terreno).
Después de una hora de subir y bajar, llegamos al lugar que me prometió. Una playa no más de 50 metros, pero tenía una vista tan hermosa que se paso todo el cansancio. En medio del color calipso del agua estaba lleno de rocas que formaban una piscina en el centro. Hacia tanto calor, que no pensé dos veces y me saque la ropa. Me tiré al agua. Aparentemente antes de tirarme no se veía tan hondo, pero cuando estaba en el agua, era demasiado profundo a lo mas unos 5 cuerpos cabían a lo largo.
Una experiencia única, que quedara plasmada en mi mente por siempre.
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